EL TRISTE CASO DEL BEBE DE TENERIFE Y EL INOCENTE DIEGO.

Las suposiciones suelen ser la madre de todos los errores, y con la ansiedad se puede llegar al disparate. En el caso de Diego al que se le acusó de la muerte de una niña. La prensa, avanzándose a la verdad, en un tinglado de errores médicos y situaciones de desaciertos dispares, donde lo más triste es el fallecimiento de un bebé. Condenado con presunción de inocencia, Diego, este chico ahora, también es víctima y sufre de males que no merece por culpa de difusos rumores, pudiendo haber evitado tal linchamiento mediático que actuó como un elefante en una cristalería.  Los periodistas, y algunos colaboradores como el que aquí suscribe, -muy humildemente, eso sí.-  Hemos de saber el valor y la responsabilidad que da la palabra, y el daño y lesión de la dignidad y fractura de agravio que puede hacer, tanto escrita como acompañada en imagen. Porque nos podemos convertir en cooperadores necesarios de prejuicios equivocados, de injusta aberración desacertada, dejando cicatrices donde no hubo ni siquiera herida.

Nunca, un juicio paralelo y de feriantes puede sustituir al poder judicial, con mayor o menor acierto de atino, el oficio de impartir justicia debe siempre ser confiada a los arbitrios de los magistrados de competencia capacitada. Esto es una lección para todos. Tomemos buena nota, tanto informadores como lectores, de esta cosecha mal sembrada y peor recogida ¿Qué nos está pasando? ¿Es el morbo que se adelanta a la verdad corpórea que araña a la gula de la condena social ? Porque a Diego, se le ha matado la vida un poco por imprudentes rumores.

Pero el señor Monegal, el otro día en su programa, nos enseño unas imágenes medio en "off", donde un reportero de la Agencia Efe, animaba a una señora que pasaba por ahí, a acalorarse y a irritarse e inflarse como fuego, llamando a gritos en la lejanía al presunto e inocente; sinvergüenza y todo tipo de adjetivos, descargando requiebros, como aquel que aclama a un torero o a una tonadillera. Al más puro estilo carpetovetónico de las Españas más negras y míseras. Obviamente, la señora queda exenta del espectáculo y bufoneo, por desconocérsele virtud para la indagación de la verdad. Pero viniendo la vil acción de unos profesionales de la información. Es muy mísero acto el de exaltar y embaucar a una señora que igual iba al mercado carrito en mano, elegida a dedo, para calentar a la audiencia ¿Tanto nos gusta la sangre que tenemos que cortar la piel a sabiendas provocándonos nosotros mismos las heridas?

Esto nos ha de llevar a una reflexión profunda; donde la aplicación del método hipotético deductivo; la contrastación y la veracidad de los hechos, siempre deben ser probadas y no supuestas quincallerías y demás especulaciones de mercadillo y rastro. Porque, la presunción de inocencia, es un derecho, y juega a favor del sospechoso, que sospechoso es, y todavía no culpable. Y mientras no se pueda demostrar lo contrario donde haiga la menor sombra de duda, de primera instancia, la inocencia prevalece, y que sería virtud a agradecer a los que erróneamente dicen que esto son cosas del destino. El destino no tiene nada que ver cuando metemos la mano en estercoleros imprudentemente, desconociendo el hedor de la calumnia y maledicencia.

La televisión está cambiando, y eso, siempre  tiene dos lecturas. Disponemos de más medios, de buenos profesionales y talentos. Pero en esta ocasión, todos nos hemos dejado arrastrar un poco por las aguas de barrizales; siempre opacas y poco claras, rozando la necedad del censor murmurador y maquiavélico, condenando a penas y sentencias antes de ponderar la certeza de la evidencia. Ahora, tenemos "pinganillos" que van a la oreja, micros inalámbricos, televisión digital y todo tipo de trastos paridos por la madre tecnología. Pero no olvidemos, que detrás de los artilugios, siempre debe imperar y prevalecer el factor humano y la verdad inherente. ¿Hemos caído en la trampa más mundana y frívola? Probablemente, sí. Ahora, una reflexión de humildad puede hacernos más sabios y menos ineptos, para que el error no se repita más de lo habitual. Porque eso, sería peligro de extinción de la verdadera justicia y veneno de la ignorancia, que actúa como tóxico del sentido común, llevándonos a la imprudencia y a todos los sentidos a una potencia pasiva. Decir que la verdad nos hará libres es un error, porque probablemente nos pueda hacer míseros y cóncavos, distorsionando la realidad e inventando presas que es norma de cazadores.

Sergio Farras (escritor tremendista)