Ristro Mehide..., sarcasmo de bajo octanaje.

De ironía a sarcasmo la línea es muy delgada, muy tenue y de poco espesor.  A Ristro Mehide, su programa G 20, se le balancea , va haciendo aguas y a la deriva va, con unas "críticas" muy elementales que no llaman excesivamente la atención, más de murmuración de juicio y opinión singular, que de reprimenda y tilde de desvergüenza.

La televisión es actividad de histéricos. Quizás, el no tener la mesa separadora de por medio y, tener que estar de pie, resalta su manifestada timidez y le resta avatar a su mutación. Ristro es bueno, sin duda. Pero al público, ya se sabe, hay que estar siempre insistiéndole porque, si no, se distraen, zappean y se van a otro canal.

Quizás, no tener apoyo de su cómplice Jesús Vázquez, ni triunfitos que merendarse, apagan su llama inquisidora y poco ocurrente. Quizás, la soledad no le va bien, porque para ser solitario hay que tener claro que uno quiere serlo. Lo contrario sería ser un desgraciado, caer en desdicha y ser burlón de taberna y charlatán verbenero.

Ristro tiene talento,- eso se percibe-, pero la línea de su programa hace que su ironía pase a ser muy de "magia blanca", muy insustancial y más propio de bufón cabreado que de sabio de agudo ingenio, lejos de ser el "Kafka" de la televisión. Y como todos sabemos; en la corte de la audiencia manda la diferencia.

Se dice, que el sarcasmo; "es la forma más baja de humor, pero la más alta expresión de ingenio". Pero, el no hallar el equilibrio, el uso del lenguaje adecuado y la crítica de la evidencia, el ingenio queda anulado, mostrando lo vulgar y ordinario, exhibiendo lo contrario de ilustre que es ser un buen  truhan, de donde nada; es igual a nada. Y eso, lleva a malos entendidos y tópicos de cañero histérico y cursi, y de matar palomas con zapatos de goma.

Al G-20 le falta potencia de saque, aguante de fondo y chispa que haga ignición para el empuje del desenlace, salsa para que pique, y duende que encante. Porqué una crítica, debe ser siempre exclamativa y un poco temeraria. La prudencia no ayuda al crítico, -eso es verdad-, pues sólo le protege como un instinto de defensa. Nada más.

Ristro Mehide es publicista,  sabe vender productos y mercaderías varias. Pero de eso, a enfrentarse al respetable a través de los ojos de la pantalla dando palos de ciego, es tan peligroso como qué, al mago, se le tuerza el serrucho en pleno escenario, anulando el truco y pasando al homicidio involuntario. Insultar es muy diferente que acreditar requebrando lo agudo y de oportuna viveza del temerario. Y como poco, se puede pasar a un estado de insustancial bufonería, pudiendo quedarse más en un simple grosero, que habilidoso afilador de gracias y destrezas.

Probablemente, este programa acabe explotándole en la cara. Y su metralla clavándosele como estiletes en su breve trayectoria como inquisidor televisivo. -Lo que servidor tampoco se alegra-, más por la oportunidad desperdiciada por falta de locuacidad penetrante, que por el talento expandido que Ristro posee. Porque le queda un andar para hacer camino, donde él mismo, no sabe muy bien hacia dónde va.

 Las ideas muy elementales no llaman la atención. Los necios también somos caballeros y, sabemos, que todos tenemos el techo de frágil cristal. A Ristro Mehide, una lección de humildad a tiempo puede enderezarle la nave y corregir su rumbo errante, pudiéndolo anotar así, en el cuaderno de Bitácoras, de su breve andadura por estos mares agitados y convulsos de nuestra televisión contemporánea.

Sergio Farras (escritor tremendista)